«LOS CORSARIOS DE LLASTRES»

Es verdad que en Llastres hubo corsarios, piratas, bucaneros o filibusteros?.

En Llastres, a finales del siglo XVII, a partir del año 1677, solo hubo Corsarios.

Ser Corsario no es lo mismo que ser pirata, bucanero o filibustero. La literatura, el cine y los relatos populares han hecho leyendas con las historias de corsarios y piratas. Pero hay que advertir que no es lo mismo un Corsario que un pirata, aunque con el tiempo ambos términos han tenido casi idéntica connotación. Los Corsarios son aventureros que voluntariamente se ofrecieron a las autoridades de su país para actuar en el mar contra los enemigos de su nación utilizando la carta o patente de corso. Ser un Corsario era poseer patente de corso, es decir, tener la carta patente o documento oficial que podría ser presentada para demostrar que estaba autorizado a emprender una campaña naval para perseguir a los piratas o a barcos enemigos, para hacer un “corso”, una “carrera” persiguiendo y saqueando naves con autorización de la Corona. Francis Drake fue un corsario. La diferencia de los piratas es que éstos son personas que navegan sin licencia, asaltan y roban barcos en la mar o en la costa. Thomas Cavendish fue un pirata. Los bucaneros aparecieron durante el último cuarto del siglo XVII y no les amparaba ningún pabellón, ningún gobierno. El bucanero era un cazador de ganado salvaje que se vio obligado a piratear. El filibustero es una fusión de bucanero y de pirata. Tenían un idioma peculiar formado por palabras inglesas, francesas, españolas y holandesas. Su norma fundamental era la no posesión de propiedad individual, ni barcos, ni tierra, todo era para la comunidad del filibustero. Lo robado era de la Hermandad bucanera de la Costa. Henry Morgan, fue el más famoso de todos los filibusteros.

 

Muchas personas que visitan nuestra villa de Llastres suelen preguntar por el Barrio de los Balleneros adentrándose por la Calle Real recorriendo La Fontana, El Penayu, la Nansa y La Plaza. Sin embargo son menos los que se interesan por los Corsarios llastrinos que defendieron sus rutas comerciales y hostigaron a los barcos enemigos de la Corona española durante el siglo XVII y principios del XVIII. Incluso hay personas que se sorprenden de la existencia de Corsarios entre nuestros antepasados, siendo un aspecto de nuestra historia local muy poco conocido y divulgado.

Llastres es de las únicas poblaciones costeras asturianas que puede mostrar, a quienes quieran disfrutar de su visita, casonas hidalgas construidas durante el siglo XVII, el siglo de los balleneros y de los corsarios llastrinos. En estas casas de La Fontana, del Penayu, de la Nansa, de La Plaza, de la Calle Real, del Piqueru, desparramadas por todo el casco antiguo de Llastres, algunas de ellas blasonadas, nacieron y vivieron los corsarios llastrinos.

 

El contexto histórico.

La verdad es que la costa asturiana en aquellos tiempos del siglo XVI y XVII estaba infestada por la presencia de barcos piratas y corsarios, sobre todo ingleses y franceses. La ruta que llevaba a las naos llastrinas hacia el Canal de la Mancha se hacía peligrosísima para sus barcos, vidas y bienes. Los llastrinos estaban más que hartos de ser amenazados y atacados en sus singladuras comerciales desde Llastres a Galicia, Escocia, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Portugal y Francia. Algunas temporadas no podían salir del puerto de Llastres debido a la presencia de estos piratas extranjeros que acechaban las carabelas mercantes y otras naos menores de Llastres. Por aquel entonces nuestra villa era uno de los puertos mas activos del Principado de Les Asturies, igualando incluso al de Gijón en actividad naviera y comercial. Los mareantes de Llastres habían llegado a crear una flota de carabelas y naos menores que les permitían exportar e importar hacia lugares tan lejanos como Amsterdam (Holanda), y Edimburgo (Escocia). Navegaban hasta los puertos de Andalucía, Portugal y Galicia e incluso, en algunos períodos de paz, hasta Londres.

Al Reino de España en aquellos turbulentos siglos no se le daba respiro. Poseyendo el mayor Imperio que conociera la historia, estaba siendo minado en todos los frentes por las naciones europeas. Los intereses geopolíticos de España en Flandes, en Alemania, en Italia, la confrontación de intereses y rutas comerciales en los nuevos descubrimientos de América y en el Pacífico, la envidiable riqueza que venía de las Indias, el protagonismo quijotesco de la Corona Española comprometida en la defensa de la Cristiandad frente la amenaza turca y la revolución Protestante, hizo que España se batiera y se deshiciera casi en solitario ante el resto de las potencias emergentes de Europa. Si había paz con unos, se estaba o se declaraba la guerra a otros: guerras y más guerras, especialmente en Flandes, guerra marítima contra los ingleses en todos los mares, guerra contra los franceses, guerra contra los holandeses, guerra contra los portugueses, defensa costera y naval contra los berberiscos y turcos por el sur y el este, y contra los piratas ingleses por el Atlántico. Sin embargo la costa cantábrica estaba descuidada por la Armada Real, más preocupada en defender y hostigar a los corsarios de la ruta del Atlántico por donde venía el oro, la plata y los productos de América

Debido a estas continuas guerras mantenidas por la Corona de España la costa cantábrica sufrió constantes incursiones de marinos y piratas, principalmente ingleses, franceses y también de otras nacionalidades, como holandeses y portugueses. Los navieros de Llastres conocían las andanzas y saqueos de los piratas ingleses Francis Drake, de John Hawkins y de Howard, entre otros, que hostigaban y robaban por mar a las naos españolas que podían, y por tierra en los territorios accesibles al saqueo, poco o nada defendidos.

Llastres llegó a ser cañoneado por fragatas inglesas y francesas al igual que lo fueron Candás y la fortaleza gozoniega de Nieva, a la que llegaron a ocupar los ingleses por breve tiempo al igual que otros lugares fácilmente accesibles y sin defensas. A Llastres no se atrevieron a asaltarlo y robarlo. Sus casonas, vistas desde la bahía ostentaban que era un pueblo rico y próspero. Una tentación para el desembarco y el saqueo por su aparente riqueza y el aislamiento de la población. Pero seguramente la posición escarpada del núcleo del pueblo, el Barrio de los Balleneros y de los Corsarios, sobre el alto acantilado le hacía inexpugnable para quien quisiera desembarcar e invadirlo. Los únicos accesos de subida y bajada al pueblo y al puerto eran un peligroso sendero sobre el abismo que da al Escanu, por donde transcurren hoy las escaleras que bajan de La Fragua, y un sendero que asciende desde El Escanu hasta La Plaza. No existía la carretera actual del muelle. El río Carballo que desciende y divide al Llastres en dos vertientes dificultaba el ascenso a la zona del Piqueru. Un desembarco pirata por la Playa del Astilleru (Playa de Llastres) no garantizaba un fácil acceso para atacar por el sureste y robar el pueblo, pues no existía sendero alguno por donde hoy transcurre la carretera general hasta el Barrio de San Antonio. Un alto acantilado casi vertical lo aislaba de la playa del Astilleru. Solo el viejo y empinado camino de Llastres a Sales, junto a la “Iglesiona vieya” comunicaba por el sur con el más alto de los barrios llastrinos: el Barrio de San Pedro. Los propios vecinos se vieron obligados a tomar la defensa de Llastres, al igual que otras villas, formando milicias, que posteriormente fueron organizadas de manera más eficaz.

Por el Tratado de Greenwich, Inglaterra, Francia y Holanda unían sus fuerzas en su lucha contra España. Escasos períodos de paz, con unos y con otros, se intercalaban después de tratados diplomáticos en los que la Corona Española terminaba perdiendo y cediendo territorios. Ante este acoso y embestidas de los corsarios extranjeros, (para nosotros: “piratas”), la costa asturiana, al igual que el resto de la península, se fue preparando para la vigilancia y la defensa de nuestro litoral. Pero no era suficiente.

En un informe de aquella época sobre el “Estado y reconocimiento de la costa del Principado de Asturies” se dice lo siguiente sobre la costa próxima a Llastres: “Espasa: en el espacio que media desde Vega a este río que es de una legua se hallan tres arenales de bastante capacidad, pudiéndose desembarcar piratas en cualquiera de ellos a pesar de la fuerza con que les barren las aguas y lo pedregoso de la orilla. En la última guerra un buque francés que se refugió en el arenal de Espasa fue saqueado por un corsario inglés; en este supuesto convendrá que tanto el destacamento de Rivadesella, como el de Llastres, proporcionen el debido auxilio, en caso de alguna incursión por los piratas. (…) Llastres: Villa situada en una rápida ladera, en medio de barrancos penosamente transitables, contiene 200 vecinos, y entre ellos algunos bien acomodados. La concha de este puerto (la cual no tiene barra) se forma por los montes de Penote y San Roque hallándose en lo elevado de éste una batería de figura parabólica (pero abierta por la gola, y sirve paso a las gentes y caballerías, etc…) con dos cañones de a 16, y tiene por objeto la defensa del puerto, y el de proteger los mercantes que tengan que montar el cabo de Llastres, distante de ella media legua. La batería y cuerpo de guardia se hallan en buen estado. (…) Tazones: al éste de éste pésimo pueblo, cuya situación es en lo profundo de un barranco, se halla en la falda de un monte una batería con tres cañones de a 24 que al paso que protege la concha de Tazones, defiende igualmente la barra de la ría de Villaviciosa. Tanto la batería como el cuerpo de guardia se hallan en buen estado. (…) Las baterías se hallan al cargo de los alcaldes o jueces, los cuales debiendo mudarse anualmente resulta que al cabo de pocos años no se encuentra a quien poder hacer cargo de cualquier menoscabo que se note, y mayormente cuando las más son entregas sin inventario ni documento que lo justifique; a esto debe añadirse que hallándose muchas de ellas abiertas por la gola los vecinos, y en particular los muchachos, atacan los cañones con piedras, barrotes, etc… quitan el herraje de las cureñas, cierran los tragaderos de las baterías, estropean los tejados y ejecutan cuanto daño tienen por conveniente. A fin de precaver los dos primeros puntos y captar o mover la afición de estos robustos jóvenes hacia la carrera de las armas sería muy conveniente que en tiempo de paz permaneciese a lo menos un batallón o regimiento en la localidad. (…) Con respecto al poco número de tropas que tienen hoy día algunos destacamentos sería conveniente que se alojasen en los cuerpos de guardia próximos de las baterías a fin de que tanto de día, como de noche, se hallasen prontos en su puesto, y no quedasen nunca sin la fuerza necesaria. (…) La fuerza existente en Llastres es: 1 sargento, 1 cabo, 10 soldados, 2 cañones de calibre 16/24 y 2 artilleros. La fuerza necesaria sería: 1 oficial, 1 sargento, 2 cabos, 15 soldados, 3 cañones, 3 artilleros y 15 paisanos. El verdadero y más seguro modo de proteger el comercio, como así mismo el más económico, es el de establecer vigías en aquellos puntos mas avanzados de la costa, pues de lo contrario son las más veces infructuosas, tanto las tropas, como las baterías de tierra, a causa de que no pueden como aquellos, transmitir a los mercantes, de si hay o no posibilidad de continuar la navegación. La verdad lo ha manifestado la experiencia a expensas de muchas perdidas, y en esta costa se tienen bien sabidas las presas, que han logrado los piratas enemigos junto a la concha de Artedo, y entre los Cabos de Vidio y Busto. No ignorando tampoco los buques que ha libertado del cautiverio, el vigía que hay en el avanzado cabo de Peñas, según lo evidencia el rencor que contra él manifestaron los piratas ingleses en la pasada guerra cuando desembarcaron en la ensenada del cabo saqueándole la casa y quemando el asta y la bandera etc. según se ha dicho ya anteriormente por solo el resentimiento de haberle privado en pocos días de la aprensión de 7 u 8 buques. Los puntos que pueden considerarse más esenciales para el establecimiento de los vigías son: Llanes, cabo Prieto, cabo de Mar, Ribadesella, cabo de Llastres, cabo de Tazones, cabo San Lorenzo, Santa Catalina de Gijón, Cabo de Torres, punta de la Vaca, Cabo de Peñas, punta de Vidrias, cabo Vidio, cabo Busto, Vega y cabo Blanco. Los vigías que hay en la actualidad necesitan precisamente de banderas y gallardetes, pues muchas de las que tienen se hallan ya inservibles por lo mucho que han padecido y padecen en los recios temporales. Por sobresaliente que sea la situación de una batería se sabe que jamás puede defender con perfección ciertas ensenadas y recodos que la naturaleza tiene dispuestos; y así creo que el medio de remediar estos inevitables defectos, como igualmente el de poder prestar el debido auxilio a los fugitivos mercantes en sus persecuciones, y aun el de mantener en algún modo el tráfico de estos puestos a otros, sería el de destinar a cada uno de los dos o tres de estos más esenciales de la costa de Cantabria, dos lanchas de fuerza para que los escoltasen de un punto a otro, pues de lo contrario, serán infructuosas cuantas precauciones quieran tomarse en el particular y el comercio, base de la prosperidad de toda provincia, estará de una total inacción. Debe advertirse que las lanchas de que se trata no debieran permanecer fondeadas en las ensenadas como lo estaban anteriormente las de Gijón, sino convoyando los buques de un puerto a otro de los dos o tres destinados, o bien siguiendo el método que se ha establecido desde Bilbao a Ferrol, aunque este no es tan continuo como lo exigen las circunstancias y como lo sería el arriba propuesto, pero de uno y otro modo se consigue el fomento del comercio y se reanima a tanta multitud de buenos vasallos, los cuales al paso que proporcionan bien al Estado, se acrecienta su amor al Soberano pues reconocen el amparo, y protección que les facilita aun en medio de tantas calamidades”.

 

Los Corsarios de Llastres.

Mientras estas infraestructuras defensivas se establecían y las buenas palabras del informe regio llegaba a la Corte, la realidad de los peligros de saqueo y muerte que los marinos de Llastres vivían en sus singladuras les obligó a no quedarse cruzados de brazos amenazados o bloqueados en sus puertos, sin atreverse a salir. El espíritu emprendedor, valiente y aventurero de los Llastrinos de aquellos siglos no se arrugó. Ya venían demostrando su valentía haciendo frente al desafío y a los peligros de la mar en sus largas travesías a vela. Solo les faltaba organizarse y defenderse por si mismos de los piratas. Y así decidieron constituirse en Corsarios y responder con las mismas armas y las mismas estrategias. Esta decisión que tomaron los de Llastres en el año 1677, bajo la tutela del Rey Carlos II y sus Validos, nos recuerda la que tomarían otros pescadores llastrinos en los años de 1964 a 1967 en su lucha frente a los “bous” franceses, sin protección ni tutela de nadie.

Tenemos constancia que desde el siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, los mareantes navieros de Llastres habían comenzado a comerciar con unas treinta carabelas mayores a través del Atlántico navegando con sus naos desde Sevilla, San Lucar de Barrameda, Lisboa, Peniche, Aveiro, Oporto, pasando por Vigo, Pontevedra, Redondela, Coruña, Ribadeo, hasta Llastres, Ostende, Amsterdam, Roterdam, Londres, Edimburgo, Bristol, Dublin. Con caravelas y otras naos menores exportaban: avellanas, limones, naranjas, nueces, vinos, aceitunas, higos secos, pasas, sal, tabaco, hierro, azafrán, jamones y otros productos del Principado y del Reino. Importaban telas, encajes, lino, lozas y otras mercancías que se producían en aquellos países, en Santander y Vizcaya, portando también hierro para Andalucía y Galicia.

Todos estos barcos eran propios de los vecinos acaudalados de Llastres siendo tripulados por ellos mismos. Sus capitanes y maestres tenían un conocimiento sobresaliente del pilotaje y una audacia imperturbable en medio de las tormentas. Así lo testifican las relaciones y diarios de sus viajes y los testimonios que nos dejaron de sus votos religiosos. Hacían contratas con los Administradores Generales para obtener casi en monopolio el comercio de la sal. Abrieron lonjas, tinglados, formaron Compañías en Galicia y se abroquelaron con casi todo el comercio de aquellas provincias.

Llastres era un pueblo formado por hombres laboriosos e infatigables que se vieron obligados a armarse y a socorrerse mutuamente fomentando según las facultades de cada uno empresas mercantiles. Destinaban a los de mejor talento a las expediciones forasteras. Otros se encargaban del manejo y beneficio de las pescas y todos participaban dentro de la Cofradía de Mareantes de sus productos, beneficios y utilidades.

La población de Llastres había aumentado hasta el número de ochocientos vecinos. Dada la prosperidad de nuestro pueblo durante el siglo XVII se domiciliaron en él muchas familias vizcainas, montañesas, gallegas, así como familias provenientes del interior de Asturias: de Nava, de Beleño, de Les Arriondes, de Piloña, de la Busta, de La Poledura, la Isla, la Busta, Lluces, Huerres, Cofiño.

La prosperidad de Llastres estaba siendo amenazada por los piratas extranjeros A estas circunstancias adversas hay que añadir que muchos de los jóvenes llastrinos eran reclutados en levas (uno de cada cinco, los “quintos”) para engrosar la Armada Española que lucharía por todos los mares del mundo en defensa del Imperio Español. Algunos ya habían participado en el siglo XVI en la Armada Invencible bajo el Almirante Oquendo, cuyos exvotos de promesa a la vuelta de aquel desastre todavía estaban expuestos en la Capilla del Buen Suceso hasta que fueron sustraídos durante la pasada guerra civil. Llamados también sus mareantes al servicio de los bajeles del Rey, en levas numerosas, hizo que la situación de prosperidad de los llastrinos comenzase a decaer. La saca de gentes para el servicio de la Armada era muy considerable y el regreso incomparablemente menor. Se sabe que muchos jóvenes llastrinos de aquellas levas para luchar en la Armada española por el Atlántico frente a los ingleses y por el Indico frente a los holandeses y portugueses nunca volvieron a su querido pueblin. Tanto es así que en el tiempo de un siglo la Villa de Llastres, a principios del siglo XVIII, había descendido a unos seiscientos cincuenta vecinos, quedando inhabilitadas la mayor parte de sus casas, que se arruinaron, reduciéndose a pequeños huertos cuyas “murias” conservan las señales de que fueron en otro tiempo suntuosos edificios.

 

La situación se hizo muy dura y desesperada para los llastrinos del siglo XVII. Cuentan las crónicas, que debido a este estado de guerra permanente, las tareas de la pesca, en condiciones muy duras en aquellos tiempos, tenían que ser realizadas por los viejos de la localidad, al igual que sucedería durante la guerra civil de 1936. Solo los jóvenes que quedaban, los mejor capacitados para el pilotaje y faenas marineras eran contratados para engrosar las naos de los navieros llastrinos que proseguían en aquellas difíciles condiciones bélicas la tradición mercante iniciada en el siglo XVI.

 

A mediados del siglo XVII los llastrinos habían perdido muchos barcos, siendo presa de los piratas ingleses, franceses, holandeses, berberiscos e incluso portugueses, que se quedaban con las mercancías y con los navíos. Muchos de ellos perderían la vida en combate y en naufragios.

Según los datos que hemos podido investigar en el Archivo de la Marina Española en el Viso del Marqués (Ciudad Real) y en el Archivo General de Simancas (Valladolid) los navieros de Llastres que “perdieron navío y carga son: Mateo Victorero, Cosme de Orellon, Antonio la Busta (navio y gente), Domingo Casarin y Andres Gonzalez (con navio y gente), Francisco la Poladura (barco y hacienda), Francisco Alvarez (navío y carga), Juan Poladura (barco y hacienda), Santos García (barco y parte de la hacienda), Pedro Castañera (una pinaza cargada de vinos), Juan de Lué (navío y carga), José de Basco (barco y hacienda), Juan de Robledo (pinaza y hacienda), Juan de Morales (barco, hacienda y gente), Domingo de Nava (barco), Juan de Robledo (navío), Cosme de Orellón (pinaza), Toribio Robledo (barco)”.

Ante tal estado de cosas, y como dice el dicho popular: ¡No hay mejor defensa que un buen ataque…!, la reacción y el coraje de los llastrinos salió una vez más a flote. Varios navieros del pueblo lo hablaron y lo discutieron. Buscaron avales e influencias para obtener de la Corte del Rey Carlos II, el permiso para ejercer de Corsarios, con patente de corso.

La Corona Española en el año 1670 se había visto obligada a reconocer la posesión de los territorios ocupados por Inglaterra en América, y (lo que fue más grave) el derecho inglés de navegar hasta ellos. Como contrapartida se creó un nuevo servicio de navíos guardacostas (Corsarios) encargados de reprimir el contrabando extranjero. Así se corrió la voz por todo el Reino de las facilidades que el Rey otorgaba a quienes quisieran constituirse en Corsarios. En el año 1674 se animó a los súbditos españoles a constituirse en Corsarios cobrando a razón de las presas conseguidas. Otra parte de lo requisado era para la Corona. Los corsarios se convirtieron de esta manera en un arma auxiliar de la Armada española. Ya a partir del año 1675 la Corona Española comenzó a utilizar Corsarios vascos como ayuda de operaciones militares. Estos Corsarios vascos hablarán indirectamente de los corsarios asturianos con quienes colaboraron y se apoyaron en sus excursiones por la mar colaborando con la Armada Real, aumentando el poder naval de España sin gasto para su hacienda y de donde saldría marinería bien preparada para las armadas reales.

 

 

Juan de Abadía Cueva, el Corsario de Llastres.

 

El Corsario llastrin, que se decidió a solicitar la patente para realizar el corso, defender sus intereses y combatir a los enemigos de la Real Corona, fue Juan de Abadía Cueva, mercader y navegante de Llastres. Era hijo de Juan de Abadía y de María Cueva, hidalgos con todo cuanto de exención de impuestos y otros privilegios tenían los hidalgos. Había nacido en el año 1639 en el Barrio de los Balleneros. Desde crío se había empapado del ambiente marinero y pescador que había visto en su padre y hermanos mayores. Su vida de adolescente y de joven se curtió en el cai del muelle y en El Escanu, ayudando a su padre en las faenas portuarias y en las transaciones comerciales de los productos que exportaban e importaban. Colaboró activamente, al igual que otros muchachos llastrinos en el desguace de las ballenas que se realizaba en el Escanu, y en el duro transporte, cuesta arriba, desde el muelle hasta la Casa de las Ballenas y hasta el tinglado que tenía su padre al lado de su casa natal. No pudo acudir a ninguna escuela, pues la primera Cátedra de Latinidad tardaría casi un siglo en crearse en la localidad. Su formación era la recibida como los demás críos del pueblo, en Historia Sagrada, rudimentos de aritmética y escritura El párroco que regentaba la “Iglesiona Vieya”, a punto de derrumbarse, y la Capilla de San Blas que hacía de parroquia, era el único que enseñaba esta elemental formación. El resto del aprendizaje para la vida lo aprendió en casa, en el muelle y en El Escanu, oyendo a los navieros y pescadores transmitir sus experiencias vitales. Desde joven acompañó a su padre en casi todos los viajes por los principales puertos de Europa y de la Península Ibérica, siendo testigo de todas las iniciativas comerciales y de las dificultades y peligros de la navegación.

Juan de Abadía, a sus 38 años logró convencer a Francisco Fernández Pando y a Alonso González, vecinos del pueblo, para que hiciesen con él de fiadores y principales pagadores, tal como aparece en el documento de escritura de fianza que los armadores de naves corsarias tenían obligación de prestar como garantía de su conducta en el fiel cumplimiento de las instrucciones que regulaban esta clase de guerra: (…) “Todos tres juntos y de mancomún a voz de uno y cada uno por el todo, obligándose con su persona y bienes muebles y raíces presentes y futuros de que el Capitán Juan de Abadía siempre y en cualquiera ocasión que en virtud de la licencia y facultad de su Majestad, Dios le guarde, saliere con sus fragatas y gente a corso hará buena guerra, guardando y cumpliendo las órdenes e instrucciones en esta razón dadas y que para adelante se dieren sin las quebrantar ni alterar en poca ni en mucha manera, ni hacer daño ni vejación a ningún vasallo de su Majestad, ni amigos, ni confederados con su Real Corona, antes bien como buen vasallo y soldado en las ocasiones que se ofrecieren los amparará y defenderá contra los enemigos con todas sus fuerzas y poder (…) De no hacerlo así damos poder a las Justicias de su Majestad para que se lo hagan cumplir pasando en autoridad de cosa juzgada y especial y señaladamente a los dichos señores del Consejo de Guerra…”(…) siendo testigos del capitán D. Diego Gutiérrez Robredo, D. José Antonio de Granda y D. Toribio Gutiérrez, vecinos y residentes es este dicho puerto y los otorgantes que lo firmaron, yo escribano doy fe que conozco a Juan de Abadía Cueva”.

Con esta licencia de corsario, Juan de Abadía se puso con entusiasmo y coraje a remodelar y preparar una fragata artillada y con tripulación de jóvenes llastrinos. A aquella fragata le puso el nombre de “Nuestra Señora de Atocha”. Que no hay que confundir con el famoso galeón del mismo nombre, portador del tesoro más grande que se haya hundido en el Atlántico. Muchos de los árboles, robles y castaños de la atalaya del monte de San Roque fueron utilizados para su construcción.

El reclutamiento de su tripulación fue realizada entre los jóvenes llastrinos más aguerridos y dispuestos para la acción corsaria. No era una aventura fácil, ni para andar con bromas. La fragata “Nuestra Señora de Atocha”, atracada dentro del antiguo puerto almenado de Llastres, cuyo cai de fuera salía debajo de la actual “peña”, fue pertrechándose de todas las armas necesarias para salir a la caza del “hereje” (inglés u holandés) o del gabacho francés.

La fragata “Nuestra Señora de Atocha”, si tenemos en cuenta el diseño de otras similares de aquel tiempo, era de un porte de 60 toneladas, con doce piezas de artillería, por babor y estribor. Lo más característico de la fragata era su popa redondeada, su gran velocidad en comparación con otros navíos, su maniobrabilidad y rapidez, lo que le permitía romper el contacto en caso de enfrentarse a barcos enemigos superiores. Durante meses estuvieron preparándose para todo cuanto implicaba salir al corso: Velas, municiones, barriles de pólvora, picas, espadas, ballestas, mosquetones, mechas, metralla, piedras, dagas, banderas, anclaje para el abordaje, avituallamiento… y todo aderezado con un cabreo sin límites de tanto tragar y aguantar.

Saldrían de Llastres haciendo la ruta mercantil prevista. Si en su singladura divisaban un navío extranjero sospechoso, o que les pareciera portar un buen cargamento, se le intentaba dar caza para comprobar que las licencias se encontraban en regla. Trataban de identificar su nacionalidad. Se aproximaban hasta la distancia prudencial para estudiar su potencial presa por si era asequible para el abordaje. El abordaje dependía de la envergadura del contrario, dotación de la tripulación, armamento, velocidad y destreza en el pilotaje para perseguirlo, maniobrar y alcanzarlo. Perseguido y alcanzado el barco, se le conminaba en nombre del Rey de España, a dejarse inspeccionar. Si se negaba, se les conminaba a rendirse y se disparaban unos cañonazos disuasorios ante una eventual resistencia. En el mejor de los casos se llegaba a un acuerdo entre el patrón del barco y Juan de Abadía. Si no se accedía a la inspección por las buenas, se procedía al abordaje, previamente preparado con cañonazos sobre cubierta y a los mástiles, barriendo la cubierta con los arcabuces y ballestas. Una vez abordado en barco, casi siempre con resistencia y con lucha cuerpo a cuerpo, si el barco era pirata, se les ahorcaba en el palo mayor siguiendo la tradicional ley de la mar. Después, se expoliaba el barco de su cargamento trasvasándolo al “Nuestra Señora de Atocha”. Y en la mayoría de los casos se hundía después el barco a cañonazos. En algunos casos, los menos, se entregaba a la tripulación en puerto español pudiendo ser condenados a cadena perpetua en las galeras españolas. Según Real Cédula de 22 de Abril de 1796 se reafirmaba en: “… que los estrangeros (sic) por contrabandistas u otros delitos sean castigados aquí o con pena capital u otra moderada que merezcan y nunca se remitan a España para escusar los recuerdos que hacen a sus embaxadores, y necesidad de dexar impunidos estos delinquentes”.

Juan de Abadía y su tripulación detenían a cualquier nave extranjera asequible de poder ser abordada y que estuviese en guerra contra España. Consideraban a sus tripulantes como contrabandistas si llevaban en su carga productos coloniales (palo de tinte, cacao, índigo). El caso se complicaba si el pirata o contrabandista capturado era un hereje (inglés u holandés). Llenos de fanatismo, anglicanos, hugonotes y calvinistas que odiaban a los papistas, se enfrentaron con Juan de Abadía y sus llastrinos no menos motivados. Bajo el grito desgarrador de: ¡Por el Rey, por Santiago y por España…! se lanzaban sobre la presa enemiga jugándose la vida en ello.

Si eran ingleses, holandeses o hugonotes franceses entonces, una vez capturados y si no eran ahorcados del mástil en el momento, eran llevados a tierra y acusados de hacer proselitismo de su fe siendo condenados a la hoguera por el Tribunal de la Inquisición. Dicho tribunal se encargaba igualmente de aquellos españoles que comerciaban con contrabandistas herejes, ya que se consideraba que sus actividades contribuían al desarrollo de la herejía, y por consiguiente al debilitamiento de la verdadera fe. Si algunos de ellos eran llevados a puerto español, en concreto a Sevilla, la Inquisición les hacía temibles interrogatorios y exámenes sobre el Credo, los Sacramentos y otros aspectos teológicos. Era más que evidente la ignorancia en estos asuntos doctrinales y teológicos y el destino de aquellos desgraciados capturados que eran acusados de piratería, contrabando y de herejía. También el súbdito español que era sorprendido comerciando con contrabandistas podía ser condenado a muerte, siéndole confiscados todos sus bienes.

Por las fuentes indirectas de los Corsarios vascos, que al lado de los llastrinos cursaron nuestro litoral, Juan de Abadía y sus corsarios debieron enfrentarse a muchos barcos franceses, portugueses e ingleses expoliándolos y aplicándoles la ley de la mar para los piratas y enemigos de la Corona de España. De estos ataques obtuvieron pingües riquezas que desembarcaban después de cada viaje en el cai almenado del antiguo muelle de Llastres. A hombros, y siempre cuesta arriba, se llevaban las mercancías apresadas hasta la bodega y tinglados que tuvieron que habilitar para las mismas. Parte del valor de lo sustraído era entregado a la Hacienda Real, y parte del “quiñon” acordado por la Cofradía de los Mareantes, iba para el fondo común de la Cofradía. Con estas riquezas Juan de Abadía y sus corsarios se compraron más barcos, se edificaron mas casas en Llastres para los tripulantes de la fragata y algunos compraron tierras a las afueras del pueblo. La fragata “Nuestra Señora de Atocha” con el Capitán Juan de Abadía y sus hombres contribuyeron sobre todo a disuadir a los franceses, ingleses, holandeses y portugueses a asomar las narices, a robar amedrentando a nuestros marinos, a atreverse a aproximarse por la costa cantábrica y nuestras rutas comerciales por el Cantábrico. La prosperidad de Llastres no seria ya más amenazada por barcos enemigos.

Sin embargo la decadencia del pueblo, después de aquel siglo XVII de gran prosperidad, vendría ligada al derrumbe del muelle por los durísimos temporales de principios del siglo XVIII, viéndose obligados los navieros a marchar con sus barcos hacia sus bases de Galicia. Más tarde les seguirían hasta allí sus familias, donde todavía se guardan noticias de la presencia de los navieros de Llastres, de su influencia, de sus pleitos, de su prosperidad en tierras gallegas, así como los apellidos llastrinos de aquella época.

No sabemos los integrantes que acompañaron al Capitán corsario, Juan de Abadía Cueva. Por los datos indirectos de las dotaciones de otros Corsarios vascos, una fragata como “Nuestra Señora de Atocha”, solía llevar como tripulación corsaria a unos 40 hombres bien preparados y dispuestos para el combate, entre artilleros, espadachines, tiradores de arcabuces y ballestas.

El Capitán Juan de Abadía Cueva, estaba casado con Benita de Valdés y sus descendientes aparecen en el censo del año 1758. No hemos podido encontrar todavía las capturas realizadas por los Corsarios de Llastres ni tenemos datos de los nombres de aquellos corsarios de la tripulación de la fragata “Nuestra Señora de Atocha”.

La tripulación corsaria de la fragata ”Nuestra Señora de Atocha” estaba integrada y extraída de hidalgos y pecheros del Puerto de Llastres. Podemos decir que, según el censo que se realizaría de la población del Puerto de Llastres unos años más tarde, y que tenemos a la vista, tuvieron que ser, por sus apellidos, los antepasados, padres o abuelos, de los siguientes llastrinos que a continuación aparecen y reproduzco de dicho censo, hidalgos y pecheros del año 1758.

 

Censo de los habitantes de Llastres en el año 1758:

“Juan Francisco Vitorero González, Bernardo Antonio del Cantillo, casado con Teresa de Valdés, Cosme Antonio González Rivas, casado con Teresa de Güergo (sic) Campillo, Juan Francisco la Riega, Francisco de Alea, casado con Isabel Narcisa Abadía, Bartolomé Martínez, casado con Josefa Ortiz, Francisco Martínez, Antonio Solares, Juan Cosme del Cantillo Robledo casado con María Antonia de los Toyos, José Uncal, casado con Cayetana Martínez, María Josefa la Riega, viuda de Cosme de Lué, Francisco Gregorio Vitorero, Juan Francisco Alvarez, viudo de Manuela Tovar, Gaspar de Colunga, casado con Francisca Vitorero, Juan Antonio Suárez Cantillo, viudo y con una hija, Josefa Suárez en las Indias, Pedro Casarin, Vicente Ruisuárez, Juan Ruisuárez, Mateo Cordera, José Carrandi, Domingo Cobián, ausente, Juan Antonio Vitorero, casado con rosa Olibar (sic), Silvestre Blanco, Manuela de los Toyos, viuda de Juan Antonio la Busta, Rafael de la Busta, casado con Juana García, Alonso Balbín, ausente, Juan de la Torre, Bernabé los Toyos, casado con Bernarda de Lué, Josefa de las Rivas, viuda de Francisco Antonio González, Pedro del Basco, ausente, Andrés de Borines, Alvaro de Nava, Juan Manuel de Miravalles, ausente, Benito García Bueno, casado con María Francisca de los Toyos, José Pedrayes, casado con Josefa Candosa, Fulgencio Vitorero, ausente, Juan de Malleza, José Cantillo, ausente, Andrés del Toral, casado con Angela Uncal, José de la Busta, casado con Rosaura Cordera, Basilio de la Cuesta, ausente, Domingo y Benito de la Busta, Catalina Olivar, viuda de Juan de la Busta, Juan Antonio de los Toyos, ausente, Cosme Cueba (sic), Jacinto Cueba, Basilio Vazquez, Manuela Villar, viuda de Juan de Mier, Juan de Candosa, ausente, José de Buerres, Domingo Antonio Díaz, Manuel de los Toyos, ausente, José la Riega Serrana, José Díaz, Francisco la Cuétara, viudo de Bernarda Villar, Alonso de Buerres, ausente, Alonso Gregorio Arada, Francisco Rilla, Antonio Isla, José de Villar, casado con María de Casarín, Vicente Villar, casado con teresa del Santo, Benito de la Riega, Juan de Vigil, casado con Benita Arada, José Vigil, casado con María Francisca de la Isla, Diego Vigil, casado con María Francisca de Lue, José de Aldonza, casado con Micaela de Lada, Manuel Gutiérrez robledo, ausente, Juan Manuel del Cantillo, ausente, María Francisca Robledo, viuda de José Suárez Cantillo, Diego Candosa, ausente, Francisco Fernández, ausente, Felipe Ruisuárez, Francisco de la Isla, Pedro Moro Isla, casado con María Francisca Vázquez, Diego la Busta, casado con Francisca de Cueto, Francisco Alvarez Cordera, Juan Antonio la Poladura, casado con Juana Alvarez, Antonio de Foyo, casado con María de Buerres, Hemeterio (sic) Pedrayes, casado con Manuela de Foyo, Francisco Pedrayes, viudo de Josefa de Bueno, Gerónimo (sic) Cobiella, ausente, Francisco Cobiella, casado con Rosa la Llera, Mateo Rubio, José Isla, casado con Rosa Suárez, José del Santo Torre, ausente, Francisco Cordera, casado con Bernarda de la Busta, Jacinta de Moro, viuda de Francisco García, Juan del Cantillo Thovar, Juan Cosme del Cantillo Colunga, casado con Catalina de Toro, Cayetano Mariqueta y su hermana Francisca, Angel Vizcaino, casado con Liberata Pedrayes, José Villar, ausente, José de la Riega González, casado con Francisca Villar, Ventura de Bueno, ausente, Francisco Pedrayes Ruiz, casado con María Bueno, Francisca Díaz, José Robledo, ausente, Pedro la Riega, Luis Bernardo de Carús, viudo de Luisa Mariqueta, Jacinto Fontán, Lucas Fontán, Marcos Antonio Ortiz, casado con Benita de Valdes, Marcos Antonio Ortiz, ausente, José Ortiz, casado con Gaspara del Cantillo, Domingo de Villar, ausente, Francisco Antonio Covian, ausente, Franciso Villar Riega, Nicolás y Manuel de la Busta, ausentes, José de Bueno, ausente, Juan Manuel y Bernardo del Valle, ausentes, Francisco la Busta Llera, casado con María del Camino, Bernardo Nicola, casado con Ana Manuela García, Francisco Blanco, casado con María Francisca Rivero, Domingo Antonio de Cueli, casado con María Antonina Mariqueta, Rafael del Valle, casado con Bernarda Rivero, Juan Manuel de Ruisuárez, José Fontan, Francisco del Rivero, Antonio de las Cuartas, Vicente Caravia, casado con Francisca Vigil, Antonio Casarin, Bernardo Casarin, Vicente Gregorio Arada, José de Uría, casado con Francisca la Busta, Juan y Juaquín Menéndez, Pedro Quesada, Lázaro Balbín, casado con María Carús, Jacinta de Hevia Caso viuda de Nicolás de Tovar, Carlos González, casado con Jeronima de Baras, Roque y Bernardo López, José Montes, Andres, cuyo apellido se ignora por no se saber su origen, Gabriel de Villar, Francisco Miranda, Bernardo Miguel, Manuel Bedriñana, Domingo Bedriñana, Juan de la Busta Llera, casado con Manuela Vitorero, Miguel de Foyo, casado con Jacinta Candosa, Matías de Goy, casado con Francisca de Foyo, José Ruisuárez, casado con Rosa Mariqueta, Bartolomé Francisco del Camino, cura propio de dicho Puerto de Llastres, Gregorio González, presbítero, Clemente José de Basco, presbítero, Ignacio Gutiérrez Robledo, presbítero, Domingo del Valle, presbítero, Gaspar de Balbin, presbítero, Lorenzo Antonio Robledo, presbítero, Carlos García, presbítero, Juan Francisco González Rivas, diácono, Juan Francisco Martínez, presbítero, Cosme Antonio Tovar, presbitero, José Balbin, presbítero, Alvaro Gonzalez, presbítero, Francisco Garcia, presbítero. (…) Con lo que dichos alistadores dieron por fenecida y acabada esta lista y padrón de dicho Puerto de Llastres a todo su entender y conocimiento y protestan haberla dado fiel y legalmente sin género de odio, pasión o dolo por el juramento que fecho tienen (…) . Firmado: Toribio de Pis Cobian, Joseph de la Ballina Gettino, Cosme González, ante mi Joseph de Fuentes. 20 de Diciembre de 1758.”

Esta es la relación del padrón de los vecinos de Llastres de aquellas fechas, en el que aparecen muchos de los antepasados de los actuales habitantes de Llastres. Mi admirado amigo y pariente, Raimundo Braña, podrá algún día ampliar y compartir sus investigaciones genealógicas que enriquezcan estos datos.

 

En Southampton, en Bristol, en Amsterdam, etc., hay reconstrucciones de navíos que hicieron historia. Al igual que en el País vasco lo han hecho ya, con una admirable historia marítima, no sería mala idea realizarlo en el Principado de Asturias. Allí han reconstruido una réplica de un barco corsario que se expondrá en algún puerto emblemático de la costa vasca. ¿Por qué no hacer lo mismo, en Llastres, con una réplica de la Fragata “Nuestra Señora de Atocha”, navío corsario asturiano?. Además de poder ser lugar de atracción y visita, podría ser lugar de Museo de la Mar, de la historia corsaria, o incluso Escuela del Mar donde se impartieran cursos de náutica. Estoy seguro que la construcción de la réplica del “Nuestra Señora de Atocha” se amortizaría por parte de la Administración del Principado, con las correspondiente ayudas de la Comunidad Europea, y con las innumerables visitas escolares y turísticas que visitan el Puerto de Llastres. Podría ser una de tantas iniciativas que hacen falta en la comarca para dinamizar el turismo de la zona, y en concreto de nuestra villa de Llastres. Y, en todo caso, si algún día se realiza esta iniciativa en el Principado de Asturias, creo que no hay ningún puerto en nuestra costa asturiana más indicado para ver atracado un barco corsario, como el Puerto de Llastres. Aquí aportamos la imagen de una reproducción de una fragata un poco mayor que “Nuestra Señora de Atocha”.

Lastres, 14 de Junio de 2008.

POR FAUSTINO MARTÍNEZ GARCÍA.

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